Portada

Portada

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL DEPORTE EN NIÑOS Y JÓVENES


Actualmente la actividad deportiva se inicia a edades muy tempranas, siempre a través del juego. Tanto la formación física escolar como las actividades infantiles organizadas por iniciativa de entidades recreativas o centros deportivos coinciden en proporcionar una amplia variedad de estímulos al niño.
El deporte en niños y jóvenes 
Todo el mundo coincide en que los niños deben jugar. Las actividades de verano y las propuestas de actividades extraescolares saturan un mercado en el que prima la necesidad de ajustar los horarios de trabajo de los padres con los horarios de los niños.

El juego

La ocupación esencial del niño es jugar. Juega continuamente y con todo. Prueba de ello es que si proponemos un trabajo útil a un niño, al cabo de unos minutos descubriremos que el trabajo se ha convertido en juego. Esto no significa que el juego deba ser considerado una forma secundaria o menos perfecta de trabajo. A través del juego el niño intenta comprender y organizar la realidad. Y a ello dedica infinitas tentativas. El juego es una dimensión tan real, que el niño es capaz de desatender necesidades primarias como comer o descansar.
En el colegio, los niños necesitan jugar para liberarse del conjunto de obligaciones inherentes al proceso de aprendizaje y dar paso a la fantasía, la libertad y la felicidad.
Este elemento de evasión propio del juego es tan necesario para la salud como una buena nutrición y una buena higiene, porque permite expresar la alegría y desarrollar
la personalidad.
Sin embargo, la escuela, al considerar el juego como una actividad recreativa, lo ha desviado parcialmente al mundo de las actividades extraescolares. Por otro lado, la falta de espacio en muchas viviendas y el desarrollo de una industria de material lúdico pensado para ser utilizado en espacios pequeños y muchas veces individualmente, han reducido de forma significativa las posibilidades de jugar de los niños. De ahí el valor de las actividades que giran entorno a los juegos basados en la motricidad y el aprendizaje deportivo.
Jugar no significa «aparcar» el cerebro, por oposición a «pensar» y a «aprender», sino hacerlo «trabajar»; es decir, a partir de la enseñanza de las señales que componen el juego, lograr que el niño tenga una respuesta a cada estímulo, sepa elegir entre varias elecciones posibles, sea capaz de expresar verbalmente lo que hace, adquiera conceptos y acabe por aprender las reglas.
El juego ofrece la posibilidad no sólo de ganar o perder, sino también de superar una dificultad y, en definitiva, de asimilar una actitud cultural.

El entrenamiento

Sin embargo, los padres más sensibilizados por la práctica deportiva, o claramente aficionados a un deporte en concreto, tarde o temprano se plantean la posibilidad de que sus hijos lleven a cabo una actividad más organizada, sistematizada y con unos objetivos a corto y a largo plazo.
Y en este punto, cuando surge la necesidad o el simple deseo de ir más allá de la variedad, de la riqueza de estímulos y de la oferta puramente lúdica, es decir cuando se pretende dar una forma concreta a la actividad física, aparecen los contrastes de pareceres entre pedagogos, médicos, padres, monitores, entrenadores y todas las figuras que giran en torno al fenómeno educativo.
El entrenamiento con niños es un tema muy controvertido dentro del mundo del deporte. Por un lado, en nuestro país cada «estamento» da prioridad a los objetivos de su área de influencia y el marco actual carece de vías de comunicación suficiente entre deporte escolar y deporte federado; por otro lado, las exigencias del deporte de competición requieren una reordenación en las actividades familiares que no todos están dispuestos a asumir. Dicho de otro modo, ante la disyuntiva de emprender o no la vía del deporte de competición, mucha gente se plantea un sinfín de preguntas del tipo: «¿merece la pena quedarse todo el fin de semana en la ciudad para ver nadar un minuto a mi hijo en las series clasificatorias de 100 m libres, dejando de ir a la segunda residencia a tomarse un más que merecido descanso?».
O bien: «¿no sería mejor que en lugar de entrenar tres o cuatro días por semana mi hijo dedicara este mismo tiempo a estudiar inglés e informática?». O incluso: «¿cómo es posible que los campeonatos nacionales infantiles de tal o tal deporte se hayan celebrado en estos últimos años en una semana en que la mayoría de colegios comenzaba el período de evaluación?»
¿Cuál es la edad adecuada para comenzar el entrenamiento?
Éste es sin duda uno de los aspectos que genera más controversia entre los especialistas.
Es difícil lograr un acuerdo, en parte por las diferencias entre unos deportes u otros, y también por las distintas concepciones de lo que debe ser el deporte en la infancia, según opine el profesor del colegio o el entrenador. Por otro lado, las edades que señalan diferentes autores para el inicio de la práctica deportiva son bastante dispares entre sí.
Sea como fuere, una parte muy significativa de autores estima que es conveniente que los niños inicien la práctica física a los ocho años, aunque sólo en determinadas actividades psicomotoras, y recomiendan comenzar el entrenamiento sistematizado a partir de los doce años, edad en la que el niño ha alcanzado una forma armónica. Entre los ocho y los diez años se produce un aumento de la coordinación dinámica general, y en el período que va de los diez y los doce años se produce una maduración del sistema nervioso central que permite al niño eliminar gran parte de los movimientos superfluos que caracterizaban las etapas anteriores y que le hacían perder eficacia en el aprendizaje.
Sin embargo, en muchos deportes, tradicionalmente, y por distintos motivos, se empieza a edades más tempranas, como en gimnasia artística, natación o esquí alpino, aunque esto no significa que sea la opción más correcta, ni que al final el rendimiento sea mejor.
Un aspecto que no debe pasarse por alto en referencia a las edades es la distinción entre edad biológica y cronológica, ya que puede haber hasta tres años de diferencia entre la edad cronológica de un niño y la biológica. Estas diferencias suelen situarse entre los once y los catorce años en las niñas, y entre los trece y dieciséis en los niños, es decir, durante la pubertad. La pubertad es la frontera entre el período infantil y el juvenil. El primero se caracteriza por una gran dependencia familiar, menor nivel de capacidades y menor integración social. En este caso, la práctica deportiva depende exclusivamente de la decisión de los padres.
En el período juvenil, la persona es más independiente, está más desarrollada psíquica y físicamente y, por lo tanto, tiene más capacidad para «ser entrenada».
En consecuencia, los programas de entrenamiento son más específicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario